“Amor enjaulado, amor estancado”

Pbro. Felipe de Jesús Colón Padilla

Pbro. Felipe de Jesús Colón Padilla

Agustina Mustafá, enfurecida, como otras veces, abrió la puerta de su casa, su rostro era de mujer sufrida. Se sienta en su silla de guano, y llora desconsoladamente. Su esposo, Diego,  que le seguía detrás, al entrar, justo en el balcón que mira al río, le dice: “Agustina, te he dicho que no me persigas, que confíes en tu marido”. Suspira, ella lo mira con rabia, sube las escaleras rápidamente, y se refugia en su habitación, allí frente a la imagen de la Virgen de la Altagracia, enciende una vela, se pone de rodillas, y le pide con fervor: “Madrecita querida, apártame de este hombre mujeriego. En todos estos años solo he sufrido sus continuas infidelidades, es un lobo disfrazado de oveja, no me respeta, tenemos dos niños, pero, no crees que ya esta bueno de sufrimientos”.

El canto irreverente del gallo despierta a Agustina. Son las seis de la mañana, se levanta de la cama. Reza un avemaría frente al cuadro de la Virgen de la Altagracia.  Y enseguida se dispone a preparar el café. El olor de perfume de marca francesa, es el indicativo de que su esposo saldrá de la habitación, y  como  esposa dedicada, le pone el café calientito en la mesa. Llega, le saluda: “Buenos días mi amor”.- intenta besarla, pero Agustina le esquiva. Se miran a los ojos, y Diego sabe que le espera una semana de gestos de frialdad,  y de separación de cuerpos.

Afortunadamente los niños no escucharon el dime y diretes de sus padres, pues la escena justificada de celos sucedió en el bar de la comarca. Agustina ya estaba acostumbrada a defender con uñas y dientes a su marido infiel, pero se estaba cansando.  El padre Eustaquio, en el despacho de la oficina parroquial,  le aconsejó a la sufrida Agustina, que evitara esas fuertes discusiones en presencia de sus dos hijos, pues éstos no concentraban  en la catequesis, y tienen malas calificaciones en la escuela. Le agradece al padre Eustaquio su atención. Su matrimonio se había tornado en un camino agreste.

Se sentía estancada y enjaulada, pues por culpa de su esposo no desarrolló su carrera de Comunicación y Periodismo.  Agustina era una mujer de estatura mediana,  de buena apariencia física, rubia como el sol, se dedicó por entero a él,  y a dos sus hijos. Diego, de tez morena, atlético, estudió contabilidad en la universidad, y eso le ayudó a ser exitoso en el mundo de los negocios.

Alguien toca el timbre de  la puerta de la casa de los esposos Mustafá. Era el cartero, entrega la carta, y ella le brinda un vaso con agua. El Jeep se detiene violentamente, y con las gomas dibuja un círculo en el suelo. Agustina ya sabe que su esposo está celoso. Mira al cartero con un celo volcánico, y sube las escaleras, su esposa le sigue. “Estas celoso”,- le dice. Él responde: “Cómo quieres que no lo esté”, mientras toma un trago de vino.  Hoy cela ella con sobrada razón, y mañana injustificadamente, su marido. Quizás, esas esa escenas de celos que le montaba su marido, pretendía con su comportamiento iracundo,  ocultar las faldas estrujadas que cuelgan en su cintura.

Transcurrieron tres meses, y los pleitos, las evidentes infidelidades de su marido,  y las discusiones continuaban como huracán endemoniado. Agustina descubre que su esposo tiene una amante. Esta fatal noticia le destroza el corazón. Diego se niega como siempre. Pero las pruebas eran  incuestionables.  Otra noticia desgarradora que puso la tapa al pomo, fue lo de un hijo que tuvo con una de sus empleadas. Como mujer de fe, se pone en las manos de Dios y de la Virgen de la Altagracia, allí una luz le ilumina. Recordó, siendo una adolescente lo que le dijo su difunta madre: “ hija se pierde el orgullo en una relación conyugal cuando no quieres perder a alguien que amas, y luchas vanamente por retenerlo; y se pierde la dignidad cuando decides dejar de quererte a ti mismo, para aferrarte a alguien que no te ama”. Al otro día se levantó sin hacer ruido. Dos lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Se vistió de negro, se puso su sombrero de solapas anchas, se protegió con su sombrilla roja, cargó con sus dos hijos, y caminó calle abajo. Los vecinos por el ropaje que llevaba, murmuraban: “otro matrimonio fracasado por culpa de un marido infiel”.

Por Pbro. Felipe de Jesús Colón Padilla

Publicada por en octubre 8, 2017. Guardada en Opinión. Puede seguir cualquier respuesta a esta entrada a través de RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o trackback a esta entrada

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